La Cuesta, un pueblo cabreirés lleno de tradición

La Cuesta es una pequeña población del municipio de Truchas, en la comarca de La Cabrera. Situado en una ladera rodeado de montañas, se encuentra resguardado de los vientos.

Además del encanto de los pequeños pueblos, que se aprecia con un simple golpe de vista nada más llegar a la localidad y al pasear por sus calles, La Cuesta destaca por la conservación de sus tradiciones, como la de los campaneiros, que en esta ocasión se celebra el 25 y 26 de enero.

Los Campaneiros en La Cuesta eran encarnados por los mozos del pueblo que se disfrazaban, unos de Campaneiros, -unos tres o cuatro-, cuya única función era perseguir y asustar a los rapaces, y otro de vieja, que no corrían a los niños, pero que se disfrazaban de modo que no se le reconociera a ninguno. Cuando entraban en las casas, solían pedirles que o cantasen o que bailasen para hacer sonar sus campanas. En el caso de que cantasen, recitaban la siguiente estrofa:

Hoy día Navidad,
por ser la noche mayor
parió la virgen María
y nació cristo redentor
Choricitos y empanaditas
y otras cosas son de comer
Esta señora si no nos da nada
perros y gatos le mean la cama

Los Campaneiros se cubrían los cuerpos con pieles de ovejas o perros, capotes, trapos viejos o mantarrones, etc. También de cintura para abajo. Para cubrir la cara y la cabeza se fabricaban caretas o caperuzas con agujeros para los ojos, muchas veces un simple saco con dos agujeros para poder ver, con apariencia de lobos, zorros y otros animales, o de cualquier cosa que pudiera asustar. En ocasiones también se ponían cuernos sujetados con una estructura de madera y piel de carnero a modo de representación del ganado. Cuando no tenían cuernos de vaca los sustituían por varas de madera que los rapaces tallaban. El nombre de Campaneiros tiene su razón en las campanas, (cencerros, esquilas y tupios), que estos personajes portaban colgados de sus cinturas para mayor estruendo y agitación de los chiquillos. Como todo esfuerzo tiene su recompensa, tras realizar este peculiar pasacalles, los vecinos del pueblo daban huevos, chorizos, y otros alimentos, incluso dinero, con lo que los mozos celebraban una cena.

Este traje ha evolucionado muy poco, en comparación con otros de comarcas cercanas, manteniéndose prácticamente la misma estructura, pieles con tiras de colores de tela y papel
en su parte posterior. Debido a que la iglesia no era muy amiga de celebrar estas tradiciones en esas fechas, los campaneiros se trasladaron al día de carnaval e incluso cambiaron de denominación pasándose a llamar Trapisacos. Este día de carnaval había baile por la tarde y por la noche. Para el baile por la tarde, los hombres se vestían de mujeres y las mujeres de hombres, y se colocaban un pañuelo blanco o tela de saco en el rostro para que no se les reconociese.

Muchos otros se vestían con las peores vestiduras que tenían, incluso remendaban traposviejos sueltos de forma que al saltar volasen de un lado a otro. Perseguían a los chavales con un trapo mojado y sucio para arrearles y asustarles. Era frecuente que se pusiesen caretas con cuernos o se tiñesen la cara de negro con el hollín de los fornos, y al igual que los Campaneiros, se colgaban campanas por el cuerpo, ya que eran el mismo personaje que los Campaneiros. Los chavales huían de los Trapisacos por todo el pueblo y era frecuente que se escondiesen entre los jóvenes que habían acudido al baile.

Ya por la noche se hacía un baile en un corral y era en ese momento cuando aparecía en escena el toro y la señorita. El toro era un hombre que con cornamenta daba vueltas alrededor del corral mientras los jóvenes que bailaban se subían a donde podían para huir de él. La figura de la señorita consistía en picar al toro para dirigirlo a donde más gente hubiese.

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