La Gran Muralla

Es una historia vieja como el hombre y se adentra en el ámbito de los mitos: ganaderos ante agricultores, nómadas frente a sedentarios. Caín contra Abel. Durante siglos, la franja de terreno que se extiende entre el golfo de Bo Hai y el desierto de Gobi fue el lugar donde dirimían intercambios y rencores dos culturas irreconciliables. Por una parte, los pueblos de la estepa, jinetes errantes en perpetuo movimiento tras sus rebaños y la caza. Por otra, al sur, el mundo de las llanuras y las vegas del río Amarillo, con sus campesinos que hacían del cultivo de la tierra, el arraigo y el esfuerzo cotidiano, un modo de vida y su razón de ser.

Los relatos y fantasías sobre encarnizados enfrentamientos entre estas dos culturas se pierden en la noche de los tiempos. Sin embargo, hubo que esperar al siglo XVI para que los emperadores Ming asestaran el golpe definitivo contra las incursiones nómadas: alzaron una colosal muralla que atravesaba China de este a oeste. Con ella, extrañaban allende sus fronteras a quienes rechazaban su orden y autoridad; los expulsaban del paraíso chino. No cuesta imaginar la frustración de la caballería nómada, habituada al libre galope por espacios abiertos, al ver su paso interrumpido por una barrera casi insalvable. Tal era la magnitud del obstáculo, que su leyenda lo señala la única construcción alzada por el hombre que puede verse a simple vista desde la Luna.

Dos mundos que envuelven la Gran Muralla y arropan. Dos mundos que, pese a su ancestral desconfianza, se han influido mutuamente hasta crear nuevas formas de civilización, fruto de la interacción y el mestizaje cultural.

Hoy, como siempre, el norte de China sigue siendo un apasionante campo de batalla entre modelos contrapuestos. Aquella secular lid entre caballos y cultivos ha sido sustituida por otra no menos dramática: la que enfrenta a la China rural con la urbana; las formas de vida tradicionales con el mundo de los negocios, la especulación y el fulgurante enriquecimiento. Centenares de miles de campesinos chinos abandonan cada año sus tierras, camino de unas ciudades en imparable crecimiento. Las consecuencias de este flujo, buenas y malas, se evidencian ante el viajero, testigo privilegiado de unos frenéticos cambios cuyas consecuencias, de un modo u otro, nos afectan ya a todos.

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